Crítica de Anora: la historia de una Cenicienta moderna que se aferra a un cuento de hadas que no existe
El director Sean Baker es bien conocido por retratar con gran sensibilidad y crudeza la vida en los márgenes de la sociedad. Así lo demostró con sus filmes previos Tangerine: chicas fabulosas, El proyecto Florida, y Red Rocket. Para su última apuesta, el cineasta estadounidense vuelve a apostar por una historia que no encaja por completo ni se mantiene dentro de los límites de un género específico, llevando al espectador por una montaña rusa de emociones, tal como lo experimentan sus protagonistas.
En su estreno en el Festival de Cannes, Anora se convirtió en una de las más comentadas y elogiadas, llevándose la Palma de Oro, el premio máximo del certamen. La cinta mezcla el drama íntimo de una trabajadora sexual de Brighton Beach, interpretada con intensidad por Mikey Madison, con un vistazo mordaz al mundo de los ultrarricos, un territorio que Baker había evitado hasta ahora.
La película nos presenta a Ani (Madison), una joven que prefiere evitar su nombre completo, Anora, porque lo considera "ridículo". Ella trabaja en un club de striptease y complementa sus ingresos ofreciendo servicios privados. Todo cambia cuando conoce a Iván Zakharov (Mark Eydelshteyn), el hijo mimado de un oligarca ruso. Lo que comienza como un encuentro casual, o mejor dicho, un lap dance dentro del club, pronto se transforma en una cita, luego en una fiesta de Año Nuevo, y sin pensarlo, en un alocado viaje a Las Vegas donde impulsivamente contraerá matrimonio con Iván.
Tráiler de Anora:
Pero claro, los cuentos de hadas no existen, en especial para una persona para Ani, cuya vida parece no estar destinada a cosas grandiosas. Algo que décadas atrás aprendimos con Mujer bonita.
Cuando la familia de Iván en Rusia descubre que su hijo ha contraído matrimonio con una trabajadora sexual, se desata el caos y así comienza una odisea por tratar de "rectificar" la situación. Aquí entran en escena tres matones que trabajan para la familia de Iván, que irrumpen en su mansión con el objetivo de anular el matrimonio cueste lo que cueste.
Casi en un abrir y cerrar de ojos, lo que parecía un drama romántico se transforma en una alocada comedia llena de humor, persecuciones desquiciadas y giros inesperados, marcando uno de los momentos más divertidos de la cinta.
Con Anora, Baker sorprende porque se desenvuelve en un terreno inusual para él. Acostumbrado a filmar con un estilo naturalista y casi documental, adopta una estética más pulida y vibrante. Las mansiones opulentas, los jets privados y las fiestas extravagantes contrastan con la realidad de Ani, que vive en una pequeña casa junto a su hermana. El director no indaga demasiado en su vida doméstica, pero lo poco que muestra alcanza y sobra para entender que su historia es la de una Cenicienta moderna con todas las letras.
La actriz Mikey Madison, a quien ya habíamos visto en la serie Better Things y en la película de Quentin Tarantino, Once Upon a Time in Hollywood, encara el rol protagónico de Anora con una entrega total. No solo se entrega al rol de Ani desde lo emocional, sino desde lo físico. A pesar de verse en un entorno completamente hostil que la rechaza por su condición, la de ser de una clase social inferior y dedicarse a vender su cuerpo por dinero, Ani nunca pierde la capacidad de asombro ni su sentido del humor.
Pero algo que Baker deja en claro desde el comienzo es que Ani ejerce su profesión de forma conciente y en pleno dominio de su cuerpo. No es la historia de una joven obligada a ejercer la prostitución para vivir, sino que elige esa profesión como forma de vida. Sin embargo, su mayor pecado es confiar en este joven adinerado y rebelde, y creer que vive una historia de amor.
En roles secundarios encontramos a Mark Eydelshteyn como Iván, una especie de Timothée Chalamet, pero que no tiene el porte de príncipe que la historia sugiere. Iván es un niño mimado que hace lo que quiere porque sus padres no están en la ciudad, tienen dinero y su mayor anhelo es darle la espalda a cualquier responsabilidad que sus progenitores quieran asignarle en la empresa familiar. En otro rol memorable encontramos a Yura Borisov como ígor, uno de los matones enviados a deshacer la boda. En su silencio, es uno de los pocos personajes que logra mantener la compostura y que destila capas de humanidad, siendo el único que entiende a Ani.
Anora es una película que no escatima en risas y caos, pero que también aborda algunos temas más profundos. Las diferencias de clase, las dinámicas de poder y el deseo de ser visto y aceptado es algo que siempre está presente en los filmes de Sean Baker, que además vuelve a prestar su voz a favor de las trabajadoras sexuales, dejando en claro que es un trabajo más y merece el mismo respeto y dignidad que cualquier otro.
Aunque la película se perfilaba como una de las favoritas de la temporada de premios, es probable que, al igual que su protagonista, vea esa ilusión hecha trizas. Por suerte, Anora quedará y servirá para demostrar que Sean Baker es uno de los directores más interesantes del momento y que utiliza el cine para dar voz a los invisibilizados y estigmatizados, sin apelar al golpe bajo y reinventándose cada vez que tiene la oportunidad.


