La película de 1943 que inspiró a Quentin Tarantino para Bastardos sin gloria
Antes de Bastardos sin gloria, un thriller de 1943 ya jugaba a reescribir la guerra. A continuación los detalles de la película que inspiró a Tarantino.
No es ninguna novedad que Quentin Tarantino construyó buena parte de su filmografía mirando (y mucho) a los clásicos. Pero en el caso de Bastardos sin gloria, esa influencia es más directa de lo que parece a simple vista.
Detrás de su versión violenta, provocadora y completamente libre de la Segunda Guerra Mundial hay una referencia muy concreta: Los verdugos también mueren (Hangmen Also Die!), un thriller de 1943 dirigido por Fritz Lang que, mucho antes, ya se animaba a romper con las reglas del cine bélico tradicional.
Quentin Tarantino y su inspiración en un filme de Fritz Lang
La película de Fritz Lang se sitúa en la Praga ocupada de 1942 y arranca con un hecho clave: el asesinato de un alto mando nazi. El responsable es el doctor František Svoboda, miembro de la resistencia, que tras el atentado logra esconderse con la ayuda de una joven llamada Mascha. A partir de ahí, todo se vuelve asfixiante: la Gestapo responde con una cacería brutal, toma rehenes y amenaza con ejecutar civiles si el culpable no aparece.
El director elabora un clima cargado de tensión, donde nadie está del todo a salvo. Cada personaje se enfrenta a decisiones incómodas, como jugarse la vida por otros o ceder ante el miedo para sobrevivir.
Ese mismo pulso se siente en Bastardos sin gloria. Tarantino sigue a un grupo de soldados judíos liderados por Aldo Raine (Brad Pitt), que se dedican a sembrar el terror entre los nazis. En paralelo aparece Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent), una joven con su propia historia de venganza. Aunque el tono entre ambas películas es muy distinto, comparten algo clave: la tensión nunca baja. Muchas veces todo pasa por los diálogos, por lo que se insinúa más que por lo que se muestra, y por esa sensación constante de que algo puede explotar en cualquier momento.
La guerra en presente
Uno de los puntos más interesantes de Los verdugos también mueren tiene que ver con cuándo fue hecha. Se estrenó en plena Segunda Guerra Mundial, cuando todavía no se sabía cómo iba a terminar todo. Y eso se nota.
No hay distancia ni mirada en retrospectiva. La amenaza es inmediata, casi tangible. Fritz Lang, que había escapado de la Alemania nazi, volcó esa experiencia en la película. Sus personajes viven con incertidumbre, ya que no saben si van a ganar ni si van a llegar vivos al día siguiente.
Tarantino tomó esa idea y la reinterpretó a su manera. En lugar de hacer una película histórica clásica, prefirió construir un relato donde la guerra se siente viva, impredecible. Por eso también se permite jugar con los hechos y llevarlos hacia otro lugar.
"Lo que me resultó tan inspirador mientras la estaba haciendo fueron las películas realizadas en los años 40. La mayoría, de hecho, estaban dirigidas por cineastas extranjeros que vivían en Hollywood porque no podían hacerlo en sus países de origen, ya que habían sido ocupados por los nazis", explicó el director.
Y agregaba, al mencionar Los verdugos también mueren: "Lo interesante es que eran películas hechas en pleno conflicto, cuando los nazis no eran un recuerdo del pasado, sino una amenaza real. Todo eso estaba pasando en ese mismo momento".
Villanos que inquietan sin levantar la voz
Otro punto donde las dos películas se conectan es en sus villanos. En el film de Lang, hay una escena en la que un oficial nazi interroga a un sospechoso mientras come, con total tranquilidad. Es amable, incluso cordial, pero todo el tiempo se siente la amenaza.
Tarantino lleva esa idea al extremo con Hans Landa (Christoph Waltz). Su educación exagerada, su forma de hablar y su manera de manejar cada situación lo convierten en un personaje tan fascinante como inquietante. No necesita gritar ni recurrir a la violencia explícita para imponer miedo: le alcanza con una sonrisa y un par de preguntas bien hechas.
En el fondo, tanto Los verdugos también mueren como Bastardos sin gloria no se conforman con contar lo que pasó, sino que imaginan lo que podría haber sido. La película de Lang ya se tomaba ciertas libertades, en parte porque la información en ese momento era limitada. Tarantino, en cambio, lo hace de forma totalmente consciente y lo convierte en el corazón de su historia.
Ahí es donde ambas películas, separadas por más de seis décadas, terminan dialogando de forma sorprendente. Una abrió el camino cuando el mundo todavía estaba en guerra. La otra lo retomó para recordarnos que el cine, incluso cuando mira al pasado, siempre puede reinventarlo.






