Se odia o se ama. La perturbadora película que el tiempo convirtió en un clásico imprescindible
La película debut de Harmony Korine que Roger Ebert destruyó y Werner Herzog aplaudió es una de las obras más incómodas e imprescindibles del indie de los 90.
Esta película fue el debut de Harmony Korine en el cine.
Fine Line FeaturesHay una diferencia entre una película perturbadora y una película perturbadora que importa. Las primeras abundan: cualquiera puede filmar algo que incomode. Las segundas son rarísimas: son las que te perturban porque dicen algo verdadero sobre el mundo, sobre la gente que lo habita y sobre los lugares que preferimos no mirar.
Esa distinción es la que separa el cine de provocación vacía del cine que deja huella, y es exactamente la distinción que define a esta película de 1997 que la crítica odió y que el tiempo convirtió en un documento imprescindible.
Hablamos de Gummo y entenderla requiere saber quién es el hombre que la hizo: Harmony Korine tenía 23 años cuando la dirigió, acababa de escribir el guion de Kids para Larry Clark y ya era considerado uno de los talentos más incómodos e inclasificables del cine independiente americano. Due su debut como director y es, en muchos sentidos, la película más radical de su carrera.
Korine la escribió y dirigió en 1997 con un presupuesto de apenas 1,3 millones de dólares. Fue filmada en Nashville, Tennessee, con actores no profesionales mezclados con algunos conocidos, entre ellos una joven Chloë Sevigny. Dura 89 minutos, fue distribuida por Fine Line Features con clasificación R y recibió una mención especial del jurado FIPRESCI en el Festival de Venecia. En Rotten Tomatoes tiene un 33% de la crítica, que la recibió con hostilidad casi unánime. El tiempo, sin embargo, hizo algo diferente con ella.
La particular trama de una particular película
Gummo no tiene argumento en el sentido convencional. Es una colección de fragmentos ambientados en Xenia, Ohio, un pueblo devastado años atrás por un tornado que nunca terminó de reconstruirse. La película sigue a Tummler y Solomon, dos adolescentes que matan gatos para venderlos y los rodea de una galería de personajes de la América más profunda y más olvidada. Tenemos hermanos skin-head huérfanos, chicas que se aburren en porches, adultos que no terminan de serlo.
Korine filmó todo con una mezcla de material en 35mm y video casero de 8mm que le da a la película una textura entre el documental y la pesadilla. No hay una historia que seguir sino una atmósfera en la que sumergirse, y esta es incómoda de principio a fin.
Lo que hace a Gummo relevante más allá de su perturbación es que Korine no juzga a sus personajes ni los convierte en objetos de lástima. Los muestra con una frialdad que en algunos momentos se parece al cariño, y esa tensión entre la repulsión y la empatía es lo que la distingue del simple cine de provocación. La película quiere decir algo sobre la pobreza, el abandono y los seres humanos que el sistema deja atrás, aunque lo diga de una manera que la mayoría de los espectadores preferiría no escuchar.
Buenas o malas, una película que siempre genera alguna reacción
Roger Ebert le dio cero estrellas y escribió una de las críticas más enfurecidas de su carrera. Werner Herzog, en cambio, la describió como una de las obras más importantes del cine americano de los 90. Esa brecha entre las dos reacciones dice todo sobre lo que es Gummo: una película que no tiene término medio, que no se puede ver con indiferencia y que décadas después sigue siendo exactamente tan provocadora como el día en que se estrenó.
No es una película para todos, claro está, pero es una que cualquier persona que tome el cine en serio debería ver al menos una vez.



