La historia real detrás de Mensajes de voz para Isabelle, la película que arrasa en Netflix
La directora de la película, Leah McKendrick, contó de dónde vino la inspiración para la comedia romántica que triunfa en Netflix.
Mensajes de voz para Isabelle llegó la semana pasada a Netflix
Todo empezó con una risa fuera de lugar. Leah McKendrick estaba sentada entre el público de un show de stand-up cuando una comediante soltó un remate sobre la muerte de su padre que dejó a la sala en un silencio incómodo. La única que se rió fue ella. Ese instante, mezcla de humor negro y dolor, terminó siendo la semilla de la historia real que dio vida a Mensajes de voz para Isabelle, la nueva comedia romántica que arrasa en Netflix.
La directora y guionista, de 39 años —que además aparece en un papel menor dentro de la película—, escribió el proyecto hace más de siete años. La trama sigue a Jill (Zoey Deutch), una aspirante a pastelera que atraviesa el duelo por la pérdida de su hermana menor, Isabelle (Ciara Bravo), y que decide sobrellevarlo dejándole mensajes de voz con detalles cotidianos de su día a día. Lo que Jill no sabe es que el número de Isabelle fue reasignado a Wes (Nick Robinson), un desconocido que empieza a enamorarse de ella a través de esas grabaciones llenas de luz y vulnerabilidad.
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La historia real detrás de la película
El disparador concreto llegó de su compañera de departamento, que participaba de aquel showcase de comedia. La rutina giraba en torno a su padre, que le dejaba mensajes de voz de veinte minutos contando cosas tan triviales como qué había comido o cómo estaba el clima. Inmediatamente después subió otra comediante al escenario y comparó: a ella su papá no la llamaba hacía tres años. El público hizo un "ohh" de compasión, hasta que la chica aclaró el motivo: estaba muerto. "Yo fui la única que se rió", recordó McKendrick. "Y ahí se me empezó a mover algo en la cabeza, esta idea de una chica que sigue esperando que su papá la llame de vuelta".
De ese razonamiento la directora llegó a su propia vida. Pensó que, si su padre moría, no iba a quedarse esperando una llamada, porque ni siquiera la llamaba estando vivo. Pero con su hermana era distinto: si ella faltara, no solo esperaría su llamado, sino que la seguiría llamando una y otra vez. Esa certeza, profundamente personal, fue la que terminó de moldear el corazón emocional del relato y convirtió un chiste incómodo en un punto de partida narrativo.
La inspiración se profundizó cuando su hermana se mudó a Nueva York para estudiar y McKendrick empezó a dejarle largos mensajes de voz cargados de catarsis: lloraba por una cita desastrosa o por lo difícil que era abrirse paso en Hollywood, una ciudad que sentía que no la quería. "Dejaba salir todo", confesó. Y reflexionó sobre lo aterrador que sería que alguien escuchara su versión más cruda y sin filtros, pero también sobre lo genuino que resultaría que esa persona se enamorara justamente de eso, de lo más vulnerable.
Más allá del costado romántico, para la realizadora era fundamental que la obra funcionara como una carta de amor a su hermana. McKendrick sostiene que no existe verdadero amor romántico sin haber experimentado antes ese primer amor incondicional dentro de la familia. "Si conociste el amor verdadero a través de la familia, no te conformás cuando lo buscás en lo romántico, porque sabés cómo se siente", explicó. Ella asegura saberlo desde los cuatro años, la edad que tenía cuando su hermana llegó al mundo y, según sus palabras, le enseñó qué significaba ese sentimiento.


