El significado oculto detrás de la escenografía de La sustancia
Advertencia: esta nota contiene spoilers de la película La sustancia.
Los análisis alrededor de La sustancia (The Substance) son muchos; van desde el significado oculto detrás de la trama hasta el uso de los efectos prácticos. Pero hay un elemento de la película que merece mucha más atención: la escenografía.
La directora, Coralie Fargeat, puso mucha intención en la construcción del universo de la cinta, protagonizada por Demi Moore y Margaret Qualley. Se trata de una historia que primero te impacta y luego te hace pensar, y el diseño escenográfico forma parte de la construcción de las profundas metáforas sobre los estándares de belleza y las relaciones de las personas con sus cuerpos.
¿De qué trata La sustancia?
Ambientada en Los Ángeles, la trama sigue a la estrella de Hollywood Elisabeth Sparkle (Moore) que, tras una exitosa carrera como actriz, ahora dirige un programa de aeróbic en la televisión. Conocemos a Elisabeth el día en que cumple 50 años, el mismo día en que su productor le dice que haga las maletas. Tras sufrir un accidente de coche, un asistente del hospital le pasa a Elisabeth una nota sobre una droga del mercado negro llamada La Sustancia, un suero que se inyecta y hace que emerja de su cuerpo una versión más joven y perfecta del paciente.
La trama se convierte rápidamente en un retorcido sueño febril de terror corporal cuando la versión más joven de Elisabeth, Sue, se vuelve rebelde y abusa de la Sustancia.
La directora quería que la película fuera atemporal
La sustancia alterna algunas localizaciones clave: el apartamento de Elisabeth, el estudio de la cadena de televisión y el destartalado garaje que conduce a una habitación estéril y brillantemente iluminada donde Elisabeth recibe sus entregas de La Sustancia. Estos lugares reaparecen a lo largo de la película, cada vez con un aspecto ligeramente distinto, a medida que Elisabeth y Sue cambian físicamente.
El apartamento de Elisabeth está lleno de largos pasillos y decoración despojada, hasta el punto de que el enorme ático parece trágicamente vacío. Mientras tanto, el pasillo de la cadena es como el de Kubrick en El resplandor, extremadamente largo y lúgubre y enmoquetado con motivos geométricos, de nuevo con una decoración minimalista.
Pero el cuarto de baño de Elisabeth es el más desconcertante de todos, ya que parece más un consultorio médico que la habitación de la casa de alguien. Cubierto de azulejos blancos del suelo al techo, hay algo brutal e implacable en la arquitectura de esta habitación. Incluso la bañera es angulosa y cuadrada. Especialmente en contraste con los colores brillantes de la ropa de Elisabeth, estos espacios empiezan a dar la sensación de que encierran a las personas que los habitan.
En una entrevista concedida a Vogue, Fargeat explicó que quería que la escenografía fuera intencionadamente minimalista para captar un mundo más simbólico que real, y añadió: “Sacarla de la realidad era una forma de hacerla atemporal y, por tanto, universal, como si la historia pudiera ocurrir hoy, ayer o mañana, así como en cualquier parte”.

Esta cualidad atemporal puede apreciarse en la estética de aeróbic de los años 80 que se mezcla con los vestidos y guantes de seda de Elisabeth, que evocan el glamour del viejo Hollywood, y en la tecnología futurista del propio procedimiento de La sustancia, que se siente como algo no muy alejado de la realidad.
Todos los espacios físicos tienen un significado, y Fargeat sabía exactamente qué quería transmitir.
Las habitaciones son metáforas de la experiencia interior
La directora diseñó meticulosamente los decorados para transmitir los temas de la película.
El cuarto de baño es un punto central en la acción de la cinta. Es una habitación donde Elisabeth pasa demasiado tiempo en la ducha, intentando lavar las imperfecciones percibidas y horas examinándose en el espejo.
El público sigue a la protagonista en estos momentos, y el efecto es que nos sentimos atrapados en este lugar con ella, una sensación incómodamente familiar para cualquiera que haya luchado con la imagen corporal. Para amplificar esa sensación claustrofóbica, Fargeat declaró en la misma entrevista con Vogue que diseñó el cuarto de baño para que funcionara como “un capullo donde ella se enfrenta a sí misma, casi como una cámara experimental”.
La sustancia considera el horror cotidiano y repetitivo de los cánones de belleza. De una forma brutalmente honesta, expone cómo el autojuicio puede escalar hasta convertirse en algo peligroso. La película lleva a cabo esta dura crítica social de muchas maneras, incluida la escenografía. Desde los largos pasillos que dan la sensación de no acabar nunca hasta el inquietante apartamento cavernoso de la protagonista, los surrealistas decorados parecen espacios mentales más que lugares reales, espacios mentales que te atrapan y no te dejan salir.


