Reseña de Avatar: Fuego y ceniza: una aventura visualmente épica que cae en un guion predecible
Con un diseño de CGI totalmente innovador, James Cameron vuelve a demostrar, con Avatar: Fuego y ceniza, que a la franquicia le queda aún mucho por explorar.
Que James Cameron redefinió el cine no quedan dudas, aunque, evidentemente, él tenga la necesidad de seguir probándose a sí mismo. Si bien todo lo que hace tiene impacto, Avatar: Fuego y ceniza tiene sabor a poco, debido a la repetitiva que se sienta ya la saga de los Na'vi que bien podría haber quedado en la histórica cinta de 2009.
Con una duración de 195 minutos (la más larga de las tres películas), Avatar: Fuego y ceniza introduce al Pueblo de las Cenizas, un nuevo clan Na'vi con una visión más agresiva que el resto de pueblos del mundo. A diferencia de los clanes vistos anteriormente, estos Na'vi no dudan en recurrir a la violencia para conseguir sus fines, incluso si eso significa enfrentarse a otros clanes. Con esta nueva amenaza, Pandora se convierte en un territorio aún más inestable, donde los conflictos internos ponen en peligro el equilibrio del planeta y obligan a replantear la lucha por su supervivencia.
Mirá el tráiler de Avatar: Fuego y ceniza
Protagonizada por Zoe Saldaña, Sam Worthington y Sigourney Weaver no hay nada novedoso en esta historia, que es bastante similar a las dos primeras y que, en varios momentos, cae en diálogos telenovelescos que le quitan seriedad a una trama que podría haber sido de las más interesantes de la franquicia al incorporar a una nuevo pueblo que actuará como villano. De este nuevo pueblo es destacable el trabajo de Oona Chaplin, que da vida a Varang, la temible líder de este grupo sin escrúpulo alguno.
Con un guion bastante flojo, lo que salva a Avatar: Fuego y ceniza es un CGI. Con un cuidado detalle de cada personaje y escenario, la cinta es un verdadero espectáculo visual. No por nada, Sigourney Weaver recomienda verla dos veces en pantalla grande para poder apreciar cada detalle de esta tierra que James Cameron creó de cero y que no deja de sorprender.
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Si bien lo visual engrandece la cinta, la extensa duración hace que el espectador, en varios momentos, mire de reojo del reloj o intente buscar una posición más cómoda dentro de la butaca que se vuelve bastante incómoda con el correr de las horas; a eso, se le suma los anteojos 3D que, para quienes se marean con facilidad, no sería la mejor experiencia.




