Cien años de soledad: ¿por qué Rebeca come tierra?
Advertencia: esta nota contiene spoilers de la novela y la adaptación de Cien años de soledad.
La esperada adaptación de Cien años de soledad a serie por Netflix ha generado grandes expectativas entre los amantes de la literatura y el público en general. La obra maestra de Gabriel García Márquez, considerada una de las novelas más importantes del siglo XX, trajo a la pantalla la historia de la familia Buendía y el mítico pueblo de Macondo, sumergiéndonos en un universo cargado de realismo mágico, pasiones desbordadas y el peso ineludible del destino.
Con un equipo creativo que promete honrar la riqueza y profundidad del texto original, la serie se enfrenta al desafío de capturar la esencia de esta compleja narrativa mientras la adapta a un formato visual accesible para nuevas generaciones y viejos admiradores por igual.
Tráiler de Cien años de soledad:
En la historia, el personaje de Rebeca Buendía (interpretado por Akima Maldonado) solía comer tierra con frecuencia, y no había una explicación muy clara del porqué. Debido a su estilo literario, a lo largo de la narración hay numerosos momentos que son difíciles de explicar con completa racionalidad. Uno de ellos es la peculiar costumbre de Rebeca de comer tierra.
Rebeca es uno de los personajes más enigmáticos de Cien años de soledad. Como prima lejana de Úrsula Iguarán, no encaja claramente en el árbol genealógico de los Buendía, y tampoco queda del todo claro de dónde viene. Además, llegó a Macondo cargando un saco lleno de los huesos de sus padres, que a veces tintineaban, lo que la hacía aún más extraña. Quizá lo más raro de ella es un hábito que mantuvo hasta la adultez: comer tierra.
Si bien en la novela no se explica directamente por qué la joven tiene esa costumbre, hay algunas razones que podrían interpretarse.
Rebeca comía tierra desde que era niña
Cuando llegó por primera vez a la casa de los Buendía, Rebeca comenzó a comer tierra en lugar de comida. Se negaba a comer los alimentos que Úrsula preparaba para ella, probablemente porque tenía miedo de integrarse a una nueva familia que no conocía. Al parecer, la niña comenzó a comer tierra porque tenía hambre, pero no confiaba lo suficiente en la familia como para aceptar su comida. Solo después de que Úrsula la obligara a comer sopa, Rebeca dejó de comer tierra, al menos por un tiempo.
Como todo en Cien años de soledad, las acciones literales suelen tener capas de significado metafórico. Más allá de saciar su hambre, comer tierra probablemente ayudaba a Rebeca a sentirse más cerca de sus padres fallecidos.
La tierra suele asociarse con la muerte y los muertos, y es significativo que los padres de Rebeca no estuvieran enterrados, sino que sus huesos permanecieran en un saco. Este hábito podría simbolizar cómo el dolor causado por una pérdida importante, como la que ella vivió, puede acompañar a una persona durante toda su vida.
Rebeca come tierra de adulta cuando está angustiada
Cuando Rebeca llega a la adultez, su hábito de comer tierra regresa. En una ocasión, al no poder estar con Pietro Crespi (Ruggero Pasquarelli) durante una fiesta familiar, Rebeca sale al patio y comienza a comer tierra de nuevo.
Según explica el narrador, "los puñados de tierra la hacían sentirse más cerca del único hombre digno de tal muestra de degradación". Parece que, como adulta, comer tierra se convirtió en una forma poco saludable de lidiar con el estrés. Es posible que, incluso, comer tierra fuera una forma de autolesión para Rebeca, una manera de calmarse degradándose a sí misma.
Los momentos en que vuelve a comer tierra respaldan la idea de que es un método de autolesión. Rebeca solía hacerlo cuando su relación con Pietro comenzaba a deteriorarse, como cuando se pospuso su boda o cuando José Arcadio regresó a casa. También retomó este hábito tras el asesinato de José Arcadio al final de Cien años de soledad, otro momento que le provocó un dolor extremo.
La inclinación de Rebeca por comer tierra parece ser una de las muchas consecuencias negativas que la familia Buendía sufrió a lo largo de Cien años de soledad.


