Crítica de División Palermo temporada 2: una sátira afilada con nuevos riesgos y viejos aciertos
El éxito de Netflix regresó con su segunda temporada y, aunque no repite el golpe inicial, reafirma su mirada única sobre lo políticamente correcto.
En 2023, un joven judío pasaba horas en una tienda del hogar debatiendo si comprar o no un colchón nuevo. Poco después, su novia lo dejaba, su padre lo echaba del negocio familiar y, casi sin buscarlo, terminaba trabajando en una división policial “inclusiva” que no tenía ni pies ni cabeza pero sí mucha voluntad. División Palermo fue un éxito rotundo: aplaudida en todo el país, celebrada en el exterior y hasta ganadora de un Emmy. Dos años después, la serie creada por Santiago Korovsky vuelve a Netflix con una expansión del universo que conocemos y un nuevo camino. El resultado no es tan afilado como la primera vez pero logra mantenerse completamente en pie con inteligencia y una mirada que sigue siendo singular dentro de la comedia argentina.
La realidad es que la nueva temporada no necesita presentarse porque se trata de una serie con fortaleza que tiene claro su tono, sus personajes y su apuesta. Pero con esa seguridad también llegan los desafíos de sostener lo construido, de volver a incomodar sin repetirse y de encontrar nuevos espacios donde lo absurdo siga siendo pertinente.
Mirá el tráiler de la temporada 2 de División Palermo:
Esta segunda parte nos ubica directamente en el final de la primera: Felipe sobrevivió al ataque de la juguetería, ahora la Guardia es un éxito, cada vez está más cerca de Pilar e incluso Diego regresó al equipo (aunque mucho más sensible por el coma). Por ello mismo, Carolina Pozzo, la ministra de Seguridad que busca ascender políticamente a través del tokenismo, decide ampliar la División a otros barrios. En paralelo, el protagonista se aleja del foco policial tradicional y se cruza con el servicio de inteligencia. El resultado es una historia que se abre hacia nuevos territorios narrativos, con un villano interpretado por Juan Minujín y un conflicto que, con un guiño satírico claro, se ancla en el fenómeno de los cafés de especialidad, tan asociados al perfil gentrificado de Palermo.
Una de las decisiones más interesantes de esta entrega es correr un poco a Felipe del protagonismo para expandir el foco hacia el resto de la Guardia Urbana. El personaje de Korovsky sigue siendo el centro, claro está, pero esta vez su misión está fuera y es secreta. Por ello, podemos centrarnos en la Guardia por separado. Si la primera temporada tenía una línea clara y una estructura más contenida, esta segunda apuesta por expandirse. Los personajes secundarios que tal vez no brillaron tanto antes crecen, aparecen nuevas dinámicas y se intentan explorar otras voces dentro de la división. Se agradece el intento de darles el espacio, aunque esto trae consigo un pequeño costo, ya que con solo seis episodios (dos menos que la primera entrega), varias subtramas se esbozan con potencial pero no terminan de madurar.
Sin embargo, no podemos negar que lo que tenemos brilla. El elenco sigue siendo el corazón de la serie: diverso, afilado y con un timing perfecto. Cada uno aporta algo propio y todos están al servicio del humor, del disparate y del comentario social. Además, el ritmo se sostiene y la serie nunca pierde de vista su objetivo principal, que es incomodar a través del humor.
En esta oportunidad, el villano es un empresario sofisticado y que, a diferencia de la juguetería clandestina de la primera temporada, este nuevo conflicto se presenta como una sátira aún más filosa, apuntando directamente a cierta élite urbana. Es, en muchos sentidos, un enemigo "más cheto", más elegante, más camuflado, pero también menos tangible. La propuesta es ingeniosa, no obstante, la ejecución del conflicto no termina de explotar todo su potencial. El personaje de Minujín se mantiene algo superficial y aunque funciona como chiste conceptual y suma al tono satírico de la serie, su trama no alcanza el mismo nivel de tensión o profundidad que el eje central de la primera temporada.
En la segunda temporada el humor valiente sigue funcionando
División Palermo continúa apostando por el absurdo como detonante cómico, pero también como estrategia crítica. La serie incómoda, se ríe de lo intocable y se planta con una idea fuerte: las personas con discapacidad o pertenecientes a minorías no son intocables ni deben ser tratadas como figuras de vitrina. Aquí cada uno es más que su condición y pueden ser héroes, víctimas o incluso criminales, y esa perspectiva, por más provocadora que sea en un mundo sensible y con miedo a la cancelación, representa un gesto de igualdad pocas veces visto en la ficción argentina.
Aunque sus creadores insisten en que no buscaron retratar directamente la realidad, el parecido al momento actual que vive no solo Argentina, sino el mundo, es inevitable. Y lejos de jugarle en contra, es ese eco con lo real lo que potencia la propuesta. División Palermo entonces expone la ridiculez de cosas que cada día vemos más porque si en la serie es un chiste, ¿qué es entonces en la realidad? Por ello la comedia se transforma en algo más denso, más incómodo y, por lo tanto, más valioso.
La segunda temporada de División Palermo tal vez ya no tenga el impacto de la sorpresa, pero conserva su identidad. En un panorama donde la corrección política suele anular la risa, esta serie se permite dudar, provocar y molestar. Y lo hace con humor inteligente, un gran elenco y una visión que, aún cuando se tambalea, funciona y no deja de ser necesaria.




