Crítica de La casa Guinness: Netflix acierta con un atrapante drama histórico del creador de Peaky Blinder
La nueva serie de Steven Knight llega a Netflix con el drama de una de las familias del imperio cervecero más importante de la historia.
En 2013, cuando Peaky Blinders llegó a la pantalla chica, su creador Steven Knight dejó la vara muy alta. No solo es una de las mejores series de los últimos años, sino que además desarrolló personajes complejos en un mundo dominado por violencia, traiciones y ambición.
Ahora, los amantes de los dramas históricos tiene más que motivos suficientes para celebrar, porque Netflix acaba de estrenar La casa Guinness (House of Guinness), una serie ambientada en Dublín a fines del siglo XIX que toma como inspiración la historia de la familia Guinness, responsable de una de las cervezas más emblemáticas del planeta.
La historia arranca el 27 de mayo de 1868 con la muerte de Sir Benjamin Guinness, patriarca del clan y figura odiada por muchos en Irlanda debido a sus vínculos con la corona británica. Su fallecimiento no es recibido con luto en las calles, sino con festejos por parte de los fenianos, un movimiento revolucionario que décadas más tarde daría origen al IRA (Ejército Republicano Irlandés). Entre disturbios y botellas volando contra el cortejo fúnebre, el destino de la familia queda marcado por tensiones y dramas que se extenderán a lo largo de toda la temporada.
Tráiler de La casa Guinness:
Como buen drama sobre rivalidades familiares y herencias malditas, los cuatro hijos se convierten en el motor de la historia. Anne (Emily Fairn), la mayor y única mujer del grupo, intenta convencer a sus hermanos de mantener las apariencias frente a la sociedad, aunque sabe que el fuego cruzado entre ellos es inevitable. Arthur (Anthony Boyle), el mayor, llega a regañadientes desde Londres, donde se entregaba a la vida bohemia sin preocuparse demasiado por los negocios familiares. Ben (Fionn O’Shea), el hermano del medio, vive perdido en la bebida y el descontento con su vida. Y Edward (Louis Partridge), el más joven, aparece como el sucesor natural de su padre, con ideas propias y una ambición que lo empuja a mirar hacia el mercado internacional, incluso hasta Nueva York.
Todo cambia con la lectura del testamento. Anne queda automáticamente excluida por ser mujer y estar casada, y Ben es desheredado por su alcoholismo, y destinado a conformarse con una pequeña renta anual. Arthur y Edward heredan en conjunto la cervecería, las propiedades y una fortuna que hoy equivaldría a 162 millones de dólares. Sin embargo, hay una trampa. Ninguno puede retirarse del negocio sin perderlo todo en favor del otro. La herencia se convierte así en un campo minado que obliga a los hermanos a compartir poder, aunque sus intereses y personalidades sean completamente opuestos.
Mientras los Guinness intentan sostener su legado, las revueltas crecen en la ciudad. Ellen (Niamh McCormack) y Paddy Cochran (Seamus O’Hara) lideran la resistencia feniana, desafiando no solo al gobierno británico sino también a los símbolos de poder económico como la cervecería. Esta doble tensión, la interna del clan y la externa de la rebelión, es la que mantiene la narrativa en movimiento.
La serie apuesta a mostrar cómo las luchas familiares se mezclan con los conflictos políticos y sociales de la época, en un contexto marcado por las heridas aún frescas de la Gran Hambruna. Ese contraste entre riqueza desbordante y pobreza extrema le da a la historia un tono áspero que, en sus mejores momentos, conecta con la crudeza de Peaky Blinders.
No todo es perfecto en La casa Guinness
La casa Guinness tiene ingredientes que la vuelven atractiva para los fanáticos de los dramas de época. Una gran fotografía, una ambientación de lujo, música contemporánea que le aporta carácter y un elenco sólido. Pero pese a todos estos elementos atractivos, no alcanza a tener el filo narrativo que hizo brillar a Peaky Blinders.
Si bien mantiene enganchado al espectador con sus dramas familiares y la tensión política del momento, la serie falla a la hora de intentar incluir demasiados personajes secundarios, sacrificando la trama de algunos de los protagonistas. Tal como es el caso de Anne y Ben, que quedan relegados en un segundo plano.
A pesar de estos detalles, La casa Guinness ofrece un viaje entretenido para quienes disfrutan de sagas familiares cargadas de ambición, traiciones y grandes fortunas en juego. No es la nueva Peaky Blinders, pero tiene el suficiente peso para indagar en una marca que trascendió generaciones y con un retrato de Irlanda en plena efervescencia política. Los 8 episodios de la primera temporada ya se encuentran disponibles en Netflix.




