Final explicado de El último gigante, la película argentina que triunfa en Netflix
La película El último gigante, disponible en Netflix desde la semana pasada, construye su relato a partir de un vínculo roto.
El último gigante se ha ubicado entre lo más visto de Netflix
La película El último gigante, disponible en Netflix desde el viernes pasado, construye su relato desde un vínculo roto: el de Boris, un guía turístico en Iguazú, y su padre Julián, quien regresa tras décadas de ausencia. Lo que parece un reencuentro incómodo pronto se convierte en un conflicto mucho más profundo, marcado por la enfermedad terminal de Julián y una petición que descoloca cualquier lógica emocional.
El final de la historia se articula alrededor de esa solicitud extrema: Julián le pide a su hijo ayuda para morir antes de que el cáncer avance. La propuesta, tan desesperada como egoísta, obliga a Boris a enfrentarse a un dilema moral sin precedentes. Durante años cargó con el abandono, pero ahora debe decidir si rechaza definitivamente a su padre o si accede a un último gesto de humanidad.
Mirá el tráiler de la película:
La resolución llega con una elección ambigua. Boris acepta ayudarlo, aunque no desde el perdón absoluto, sino desde una mezcla de compasión y necesidad de cerrar una herida abierta. Lo lleva hasta las cataratas, un escenario cargado de simbolismo personal, y le entrega una sustancia que facilitará su muerte. Sin embargo, evita presenciar el momento final, marcando un límite claro: participa, pero no se convierte en ejecutor directo.
La película opta por la sugerencia. No muestra la muerte de Julián, pero todo indica que se arroja al vacío. Esa decisión refuerza el tono íntimo del desenlace, donde lo importante no es el acto en sí, sino lo que representa para ambos personajes: una despedida silenciosa, sin reconciliaciones grandilocuentes.
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En términos simbólicos, el final de El último gigante no ofrece redención clásica. Julián nunca deja de ser un hombre marcado por su egoísmo y su incapacidad de asumir responsabilidades. Pero Boris sí evoluciona: logra enfrentar su pasado y tomar una decisión propia, sin quedar atrapado en el resentimiento. En la escena final, al observar a un padre con su hijo, conecta con un recuerdo de su infancia y resignifica su historia. No idealiza a su padre, pero tampoco lo niega por completo.
Así, la película cierra con un tono agridulce. Julián obtiene el final que buscaba, mientras Boris consigue algo más difícil: la posibilidad de seguir adelante sin el peso constante del abandono.



