La genial (y desastrosa) historia de la primera cita entre Gena Rowlands y John Cassavetes
Al comienzo de esta semana, el mundo se sorprendía al descubrir el fallecimiento de una de las actrices más queridas de la industria cinematográfica, considerada una de las últimas divas de la Época de Oro de Hollywood, Gena Rowlands. Con una fortaleza única que la caracterizaba, la intérprete dejó en su legado una serie de interpretaciones que serán siempre muy difícil de comparar.
La carrera de la actriz, que duró casi sesenta años, estuvo marcada por su colaboración con diversos y reconocidos directores, incluido uno de los más innovadores de su tiempo, John Cassavetes, quien no solo fue su colega, sino también su esposo y compañero de vida. Su relación, que se extendió desde 1954 hasta la muerte del director en 1989, fue un caldo de cultivo de creatividad así como uno de los dúos más icónicos del cine independiente, uno que desafiaba las normas de Hollywood con películas que exploraban las profundidades de la condición humana.
Todo comenzó con una primera cita que, aunque aparentemente común, cambiaría el curso de sus vidas. Gena Rowlands conoció a John Cassavetes en 1953, cuando ambos aspiraban a ingresar a la prestigiosa Academia Americana del Carnegie Hall de Nueva York. Rowlands, con su carisma y talento desbordante, dejó a Cassavetes completamente deslumbrado durante una audición para la obra Dangerous Corner. Impresionado y enamorado al instante, el director decidió invitarla a una cita. Pero lo que prometía ser una noche perfecta, terminó siendo un desastre de proporciones épicas.
Sin un plan claro en mente, Cassavetes la recogió para su primer encuentro y comenzó a conducir sin rumbo por la ciudad. Después de una hora perdida en las calles, la pareja llegó, casi por accidente, a un bar de mala muerte en algún rincón olvidado de Nueva Jersey. El lugar no podía haber sido menos romántico, pero el joven director no parecía darse cuenta del desastre en que se encontraba. Mientras estaban sentados en una destartalada cabina del bar, Cassavetes solo hablaba de su perro pastor alemán, Henry, ajeno a la creciente frustración de Rowlands e ignorando completamente la oportunidad de conectar con ella en un nivel más profundo.
La cita, que rápidamente se tornó incómoda, culminó en la casa de Rowlands. Cassavetes la acompañó a la puerta, creyendo que todo iba sobre ruedas, y se inclinó para darle un beso de buenas noches. La actriz, visiblemente harta, lo detuvo de inmediato y, con una franqueza brutal, le soltó: "¿Estás bromeando? No tenemos nada de qué hablar. Todo lo que mencionaste fue tu perro". La mayoría de los mortales habrían aceptado la derrota en ese momento, pero John Cassavetes, siempre persistente, le preguntó qué le interesaba realmente. Su respuesta: literatura, teatro y arte, no solo perros.
Lejos de desanimarse, Cassavetes volvió a casa y se preparó para su siguiente intento. Con la ayuda de su padre y una pila de libros, se dispuso a estudiar sobre los temas que apasionaban a Rowlands. Su esfuerzo valió la pena, ya que apenas cuatro meses después, el 9 de marzo de 1954, la pareja se casó. Permanecieron juntos durante casi 35 años.
Pero la magia no solo ocurrió fuera de la pantalla. Juntos, Rowlands y Cassavetes transformaron el cine independiente con películas que desafiaban las normas de Hollywood. Ella obtuvo dos nominaciones al Oscar por sus actuaciones en las películas A Woman Under the Influence y Gloria, dirigidas por su esposo. Además, ganó el Oso de Plata a Mejor Actriz en el Festival de Berlín por Opening Night.
Cassavetes, por su parte, se convirtió en un pionero del cine independiente, dirigiendo y protagonizando películas que exploraban profundamente el comportamiento humano, como Shadows, Faces y Love Streams. Muchos de sus proyectos fueron creados en la intimidad de su hogar en Los Ángeles, lejos del control de los grandes estudios de Hollywood.


